sábado, 30 de marzo de 2013

ANÍBAL Y SU ELEFANTE ROJO (cap.IV y último)



      «El secreto de la inmortalidad es vivir una vida 
digna de ser recordada»
San Agustin


   
         IV. El adiós







        Una larga travesía llegaba a su fin. Años de preparativos, demoras, frustraciones y duro trabajo, habían hecho que la faz de una ciudad se viera alterada significativamente para décadas venideras.





      
      De la mano de un espléndido 9 de mayo de 1929, cientos de visitantes se agolpaban tras la ría para ver la solemne inauguración. La plaza se mostraba radiante, con tapices y colgaduras en los balcones; las banderas de los países iberoamericanos participantes ondeaban, delimitando el semicírculo central, compartiendo el limpio cielo con las inquilinas que darán nombre al parque circundante: las palomas. 









    Rodeando a la fuente, unos soldados, vistiendo sus mejores galas, esperan la orden para iniciar el desfile; una imponente tribuna aguarda, frente a la fachada principal y franqueada por las autoridades locales y nacionales, la llegada de la familia real desde el Alcázar, cuya salida ha sido anunciada por salvas disparadas desde detrás del monumental conjunto, en el Prado de San Sebastián.


 


    
      Francisco se encontraba dentro de aquella extasiada multitud, contemplando el sueño hecho realidad de su autor, Aníbal González; aquello que alguien definiría como la «fantasía sevillana desbordada».





      A la confusión de los primeros momentos, le continuó la dejadez, para ser ahora, la distancia, lo que acabaría por separar la amistad entre los dos hombres. 

      Un acuciado gobierno, con ganas de acabar la sangrienta y costosa guerra en Marruecos, y ante la demanda de personal sanitario, decide acudir a la reserva; Francisco se ve embarcado rumbo a África. 
      

      Sirviendo en una ambulancia militar, resulta alcanzado por la metralla de una mina, quedando hospitalizado en Ceuta durante algunos meses. Tiempo en el que no pierde el contacto con los preparativos en la Plaza de España, gracias a  la correspondencia con María, aquella enfermera que le comunicó su traslado al botiquín de la obra.

     


      Por sus misivas, supo que se habían terminado completamente las cubiertas entejadas; de cómo se estaba revistiendo los exteriores con bellísima cerámica vidriada, o del fuerte olor a laca y barniz para oscurecer la madera de pino Flandes de la armadura del edificio.








     De Aníbal, le llegó que continuaba con su ingente labor creadora. María, de toda ella, hizo mención especial a la Capillita del Carmen por estar situada en la entrada del puente que cruza a Triana; el proyecto faraónico que se proponía realizar el arquitecto: la espectacular basílica de la Inmaculada Milagrosa, junto al Palacio de la Buhaira, una nueva catedral que igualaría en dimensiones a la ya existente, ocupó también gran parte de los escritos.
      

      De regreso a la península, Francisco comenzó a preparar su futuro como farmacéutico, negocio que pensaba iniciar con María, la persona que había empezado a formar parte de su vida.



      
      Una atronadora algarabía lo devolvió a la ceremonia inaugural; los reyes y los infantes habían hecho acto de presencia. Los potentes altavoces retumbaban con la Marcha Real, sombreros al aire, vivas… una locura.


      
         Y entonces fue cuando lo vio. Era él, juraría que era él.

 
  
    
      –¡Aníbal, Aníbal! –gritó hasta desgañitarse.
      
     –¿Aníbal? –preguntó María, la única que podía enterarse, mientras intentaba sobrevivir en aquel tumulto–. No puede ser él, dicen que está recluido en cama por una afección intestinal.
      
      –¡Pero ¿no lo ves ahí?! –le respondió Francisco, y al volver la mirada al lugar dónde creyó verlo, ya había desaparecido; la marea humana hacía imposible afianzarse en un sitio durante mucho rato.

   
      Apesadumbrado, Francisco casi no prestó atención a la bendición del recinto desde un altar improvisado, delante de la tribuna real, ni al brillo de los coraceros, ni al discurso encendido del dictador, ni si quiera al paso de varias escuadrillas de aviones entre las torres; nada hizo que dejase de buscar entre los asistentes. 




      




 
      Acabada la inauguración, el gentío se fue disolviendo. María y él esperaron a que se despejara un poco la zona, y así poder admirar los incomparables mosaicos provinciales que rivalizan en belleza a los pies del edificio.


      
      Por más que ella señalara los azulejos de los bancos que corresponden a la ciudad de Córdoba, Francisco no consiguió olvidar la imagen de su amigo zarandeado por el gentío. Pensaba en lo injusto del destino, en la deuda de gratitud que aún tenía, una deuda que le atenazaba el alma desde que se separaron; ahora sí, se había propuesto no cejar en su empeño de verla saldada.


        Desconoce que en pocos días cumpliría su promesa, pero con la muerte de testigo.
  
      



  

        Epílogo





     

    Francisco ha ido recordando, a un ritmo vertiginoso, su relación con aquel hombre, y con su genial obra; el anuncio del fallecimiento lo tiene paralizado en la cama con la mirada perdida en el techo de la habitación. Se oyen de fondo unos pasos a la carrera, y la puerta se abre.


      
      –¿Todavía estás así? –le espeta María, mirando el reloj que hay junto a la ventana–. Debemos darnos prisa, parece ser que al entierro asistirá mucha gente.



      
      María no andaba muy descaminada; desde primeras horas, el centro de la capital está tomado por cientos de sevillanos, y de gentes venidas desde otros puntos de la geografía española. No solo la capital hispalense enriqueció su patrimonio urbanístico con trabajos de Aníbal; Cádiz, Málaga, Huelva, Badajoz, Madríd, por no citar a un buen número de pequeñas localidades, salieron favorecidas con su maestría.




      

      Qué mañana tan distinta, la de ese 1 de Junio, de aquella otra en la que dio inicio la Exposición Iberoamericana; ahora un gran silencio, fruto de un enorme respeto, ahoga a la muchedumbre.

      
 
     Todos intentan mostrar su póstumo homenaje hacia aquel que empezó a sacar a la calle la decoración que, hasta entonces, permanecía oculta en el interior de los jardines de las casas señoriales. Naranjos y azahar no eran de patrimonio común, sino una especie de ilustre secreto; a partir de entonces, se comenzó a creer que Sevilla era la ciudad en la que se ve y se huele la primavera. 




       La población quiere testimoniarle el reconocimiento por unas edificaciones que, aunando la arquitectura renacentista florentina con el riquísimo legado árabe y mudéjar de la región, han embellecido a una urbe abandonada a su suerte durante siglos 



 

    








      Cuando María y Francisco llegan a La Campana, asisten al paso del cortejo fúnebre camino del cementerio de San Fernando. En el recorrido, sobre el público que se descubre al paso del féretro, una docena de edificios, con la impronta del insigne arquitecto, le dan el último adiós.









    Dirección a la necrópolis, más de ochocientos taxis, posiblemente todos los que prestaban servicio esa jornada, llevan gratuitamente a los que no puede hacerlo por sus propios medios; los alrededores del campo santo se han convertido en un auténtico hervidero de personas.



A duras penas, la pareja, logra situarse a escasos metros del pequeño panteón en el que descansarán los restos mortales.



Completamente de negro, su viuda asiste al sepelio, ocupando un ínfimo espacio que la multitud ha respetado. Acabada la inhumación, Francisco decide hablar con ella.

      –Doña Ana, perdone –le susurra para no romper el respetuoso silencio. Ella se detiene, y observa directamente a los ojos de su interlocutor como queriendo recriminar su osadía.
      
      –Querría darle personalmente el pésame, y saldar una vieja deuda– le responde Francisco balbuceando.
      
      –Y usted, ¿quién es? –le preguntó, algo molesta, la viuda.
      
      –Debería de haberme presentado primero, lo siento. Me llamo Francisco, trabaje con Don Aníbal como asistente: tomaba notas, redactaba cartas...
      
      –¡El boticario! –dijo ella, subiendo un poco la voz, y cambiando el semblante–. ¿Estás bien? Aníbal te apreciaba mucho, lo sabes, ¿verdad? Cualquier deuda que tuvieses con él, está saldada. No te preocupes, aunque la situación económica en la que quedamos no es muy buena, todo lo contrario, si le debías alguna cantidad, dala por pagada.
      
      –¡No, señora, no era dinero! –interpela Francisco con energía–. No le di las gracias por todo cuanto había hecho por mí, por su trato en la obra, por la ayuda para librarme del servicio militar, aunque al final no sirvió de mucho, y por tanta cosas. Me apena no poder habérselo expresado en vida; ruego que acepte mis disculpas. Todo lo que pueda hacer por su familia, no dude en pedírmelo.
      
      –Te honra el detalle; tu débito está zanjado. Que Dios te bendiga. –le responde la mujer con claros síntoma de cansancio por las largas horas de velatorio, y las exequias.
      
      Francisco, notó la fatiga, y se despidió agradeciéndole la deferencia con una leve inclinación de cabeza.


        De nuevo junto a María, toman el camino de la salida.  Él le musita al oído aquello que se dice de un gran hombre: que siempre tiene a su lado a una gran mujer. «¡Y viceversa!», le responde ella, en el mismo tono. 

      
        El trayecto de vuelta a Triana lo hacen paseando junto al Guadalquivir.



                –¿Sabes una cosa, María? –preguntó él, tras un prolongado mutismo. La cara expectante de su acompañante hace que prosiga–. Era cierto lo del otro día, Aníbal fue a la ceremonia de inauguración. Ahora lo sé, estaba allí, estaba en cada uno de los que asistimos; nuestros ojos fueron los suyos, nuestros gritos salieron de su garganta, y nuestros corazones vibraron en su pecho. 



         María, ante la intensidad de su voz, le besa la mejilla, momentos antes de ver caer por ella una lágrima.

             –¿Y sabes algo más? –apostilla Francisco–. Cada vez que alguien vaya a la Plaza de España, y pasee por ella, o simplemente se pare a disfrutar de un detalle, habrá conseguido que el sacrificio y el empeño de ese hombre haya merecido la pena.
      

     
      Atardece, y sobre el horizonte, junto a la Giralda, se recortan dos torres gemelas, los dos enormes colmillos de un maravilloso elefante rojo.


















In memóriam





6 comentarios:

  1. Todos hemos estado por un instante acompañando a Francisco y su bella dama. Sintiendo a lo lejos, el caminar y la mirada de orgullo de Anibal.

    Elevados a la altura de un elefante rojo, por la pasión que nos trasmites con tus "creaciones" tan dignas de ser leidas como sentidas.

    Qué privilegio tener este blog... en el que te olvidas de tus horas muertas, para estar minutos con vida.

    Un abrazo, Antonio.

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    1. Solo por leer tus comentarios, Rosa, vale la pena escribir, ¡je je je! Una vez más, gracias. Privilegio es que haya gente que te siga, que te lea, y que le guste lo que ve en el blog. Espero continuar (si el trabajo me lo permite) con esta historias que nacen de no sé dónde, por que como sabes carezco de alma (más je je je). Te cambio tu abrazo por un beso.

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  2. Pues tienes que darme la fórmula secreta para escribir con "tanta" al carecer de ella, jajaja. Así yo la usaría de igual modo que tú!

    No cambiemos abrazo por beso, hagamos ambas cosas, no? Un abrabeso jajaja

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  3. Enhorabuena Antonio! Lo he leido tarde pero bien leido! A ver si continuas regando con tus palabras el blog para hacerlo crecer, que lo tienes abandonaito!

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    1. Gracias por tus palabras, espero seguir contando con tus visitas; intentaré no defraudarte. Un abrazo.

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